La soledad en la tercera edad.

 

Un desafío para nuestro tiempo



Según las estadísticas la soledad en los adultos
mayores va en aumento.



En los últimos años, principalmente durante este tiempo de pandemia, el tema de la soledad en los adultos mayores ha ido ganando importancia en todo el mundo, no sólo como fruto del covid19, sino como una “pandemia social” ya existente que ahora se ha incrementado clama nuestra atención.    


Hoy en día, la cantidad de personas que mayores que viven solas es cada vez mayor, esto no implica que necesariamente que se sientan solas, pero si puede ser un factor indicador.  Comúnmente relacionamos el término “soledad” con “aislamiento social” como sinónimos, de hecho, ambos se utilizan de manera indistinta en la vida cotidiana.  Sin embargo, es importante diferenciarlos, aunque la diferencia nos puede parecer muy sutil.  


El aislamiento social se da cuando un individuo no tiene cerca de si suficientes personas con quien actuar (en cierta forma una experiencia objetiva), la soledad, por su parte, al ser una experiencia de angustia o dolor por la ausencia o contacto con alguien, puede estar cargada de subjetividad.    De ahí que una persona puede estar socialmente aislada pero no sentirse sola, mientras que una persona con vínculos sociales extensos, puede experimentar soledad.


Por otra parte, hay quienes aseguran que el vivir solo puede incidir en el nivel de mortalidad de los adultos mayores o en el desarrollo de enfermedades como la demencia, otros afirman que el hecho de vivir solo para personas que aún sean capaces de manejarse bien en las actividades cotidianas, puede ser un tipo de estimulación cognitiva que ayude a preservar sus capacidades.


No obstante, como ya lo mencionamos, el tema de la pandemia ha venido a agudizar esta situación, ya que ha cambiado radicalmente muchos aspectos de la vida cotidiana, como la manera de ver el ocio, de hacer deporte, de recrearse, trabajar o relacionarse con los demás. El SARS-CoV-2 ha venido a cambiar nuestras percepciones y comportamientos sobre las demás personas, sobre los grupos y el mundo en general. En algunos casos, han aumentado las conductas discriminatorias, incluso hacia aquella población que se considera más vulnerable ante el virus, que provoca, no pocas veces, que algunas personas mayores se sientan más estresadas, angustiadas y ansiosas por la insistencia en su vulnerabilidad ante la enfermedad y el temor de llegar a contagiarse y no poder contar con la asistencia necesaria por la saturación sanitaria.


Por otra parte, el estar encerrado en la casa, con pocas posibilidades de salir y relacionarse, únicamente para aquello que es imprescindible, la reducción de horas de la salida, la imposibilidad de disfrutar de espacios comunes de ocio (como parques, plazas y zonas verdes) por estar encerrados, a esto le sumamos la reducción en la actividad física y nos encontramos con fuertes detonantes de una soledad profunda que se intensifica con problemas del sueño y puede provocar un deterioro cognitivo.  Esta soledad viene a aumentar el sedentarismo, problemas de sueño, enfermedades varias (como cardiovasculares, por ejemplo), una mala alimentación e incluso la depresión.

Salir al paso de la experiencia de soledad en el adulto mayor, no es una tarea exclusiva del mismo o de sus familiares o cuidadores, sino de toda la sociedad.  Es importante redimensionar la figura del adulto mayor y sensibilizarse ante este problema, generando y desarrollando diferentes programas interinstitucionales y terapéuticos de prevención y abordaje del tema de la soledad y, como fruto de esta, la depresión en el adulto mayor.  Es importante, citando las palabras del papa Francisco, reconocer que “aprender a “honrar” a los ancianos es crucial para el futuro de nuestras sociedades y, en última instancia, para nuestro propio futuro”. 




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